Cuando nuestras casas se encogen, crece la industria del desalojo doméstico
El doble del precio del metro y pisos más pequeños impulsan el auge de los trasteros en Madrid

Redacción · Más España


Que el metro cuadrado en Madrid hoy cueste el doble que al principio de la pandemia no es una elucubración retórica: es el dato que condiciona decisiones cotidianas y mercados enteros.
La España que puede permitirse comprar vivienda opta por metros útiles cada vez más justos. Cuando la casa se reduce, la vida no desaparece: se externaliza. No se tira el árbol de Navidad, no se regalan los abrigos ni las tablas de surf; se trasladan a naves industriales a varios kilómetros del hogar, en cubículos que prometen preservación y orden donde la vivienda no puede dar cabida.
No hablamos de anécdotas: el sector del self‑storage en España ha vivido un crecimiento del 25% en los últimos años, según Jesús Fernández, presidente de la Asociación Española de Self Storage (AESS). Ese porcentaje no es vapor: es la señal de una economía que crea soluciones privadas ante constricciones del mercado residencial.
Madrid se ha erigido en el motor principal de ese auge, repartiendo protagonismo con Barcelona las principales compañías que ofrecen el servicio. El fenómeno no es sólo doméstico: las consultoras inmobiliarias, como JLL, han detectado la atención de inversores hacia un negocio que convierte el desaprovechamiento del hábitat en activo monetizable.
Hay una lección clara y tajante: la ciudad compacta y cara transforma hábitos y crea industrias. Cuando el metro escasea y se encarece, emerge una economía del almacén. Que esto suceda en la capital —donde el precio del suelo se ha duplicado desde la pandemia— no es casualidad: es la traducción económica de una realidad urbana y social.
Queda la pregunta incómoda, pero necesaria: ¿queremos normalizar la externalización de lo doméstico como solución permanente, o preferimos políticas que permitan vivir con dignidad dentro de la propia vivienda? Se puede celebrar la iniciativa privada y, al mismo tiempo, interrogar las condiciones que la hacen imprescindible.
Mientras tanto, en naves enormes y hundidos cubículos, permanecen los abrigos de verano y los árboles de Navidad. Esa imagen, austera y elocuente, revela más de lo que queremos admitir acerca de cómo hemos configurado la ciudad y nuestras vidas en ella.
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