Restablecer relaciones con Venezuela: realpolitik y oportunidad bajo la sombra de la captura de Maduro
Washington y Caracas retoman la diplomacia tras la operación que acabó con Nicolás Maduro; la prudencia exige aprovecharlo con firmeza

Redacción · Más España


El restablecimiento de las relaciones diplomáticas y consulares entre Estados Unidos y Venezuela no es un gesto simbólico menor: es la constatación de que la política exterior se rige por intereses y oportunidades, no por lemas. Así lo anunció el Departamento de Estado, que enlaza este paso con un objetivo explícito: favorecer “una transición pacífica hacia un gobierno elegido democráticamente”.
Que este acuerdo se produzca dos meses después de la operación militar estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro y con la posterior juramentación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada no es un dato menor. Es la secuencia de hechos que explica la nueva sincronía entre ambas capitales: visitas de funcionarios del gobierno de Donald Trump a Caracas que antecedieron al anuncio, y el intercambio público de elogios y agradecimientos entre los ejecutivos de Washington y la Presidencia encargada venezolana.
El Departamento de Estado subraya fines concretos: promover la estabilidad, apoyar la recuperación económica y avanzar en la reconciliación política. Son objetivos legítimos y necesarios; la pregunta que queda en pie es cómo se transformarán en medidas verificables y en condiciones claras para que la transición anunciada sea efectivamente democrática.
En la práctica, la reapertura diplomática ya venía gestándose. A finales de enero la encargada de negocios estadounidense, Laura Dogu, llegó a Caracas para evaluar la reapertura de la representación, y el gobierno interino designó a Félix Plasencia como representante diplomático ante Washington. Son pasos administrativos que consolidan una voluntad política: restituir canales de comunicación abiertos entre dos Estados que llevaban años con relaciones rotas desde el 23 de enero de 2019.
En el diálogo público, el propio Trump celebró en redes sociales la colaboración: valoró que Delcy Rodríguez “está haciendo un gran trabajo y colaborando muy bien con los representantes estadounidenses”, y se refirió, además, al regreso de los flujos petroleros —“El petróleo está empezando a fluir”— como un indicador del restablecimiento práctico de vínculos energéticos y administrativos.
Todo avance diplomático merece una mirada escéptica y exigente: restablecer embajadas y misiones no es sinónimo automático de justicia, prosperidad ni democracia. El comunicado del Departamento de Estado habla de apoyo al pueblo venezolano y de trabajo con socios regionales; esas palabras fijan una hoja de ruta que debe traducirse en hechos medibles y en salvaguardas electorales.
No hay lugar para complacencias. Si la reapertura abre puertas a la estabilidad y a la recuperación económica, será bienvenida. Si por el contrario sirve solo a intereses coyunturales sin garantías democráticas, se habrá perdido una oportunidad histórica. La cautela no es desconfianza por principio: es exigencia patriótica para con el pueblo venezolano y con los principios que EE. UU. proclama sostener.
El nuevo capítulo bilateral está abierto. Que la diplomacia que hoy se reanuda sea el instrumento para construir instituciones más fuertes, elección libre y prosperidad compartida, y no un simple intercambio de conveniencias, dependerá de la transparencia de los pasos que ahora comienzan a darse.
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