Sánchez recicla el 'No a la guerra' y repite la factura diplomática de Zapatero
Un desafío a Washington que revive viejas heridas y abre riesgos mayores

Redacción · Más España


Pedro Sánchez ha desempolvado un eslogan que ya dejó factura: el 'No a la guerra' de Zapatero. Lo hace, según los hechos, con la certeza de que ese mensaje moviliza y renta internamente, pues se asocia a una ética pacifista y a la oposición a intervenciones unilaterales. Pero el expediente histórico no es inocuo: la política que suena bien en las plazas puede provocar secuelas cuando choca con la geopolítica.
Recordemos lo que pasó con aquel gesto: Zapatero ordenó la salida inmediata de las tropas españolas de Irak el 18 de abril de 2004, apenas un día después de tomar posesión. Aquellas tropas —que habían formado parte de una fuerza multinacional autorizada por la ONU (resoluciones 1483 y 1511) desde julio de 2003— no participaron en la invasión inicial, pero sí en la misión posterior destinada a proporcionar estabilidad. La retirada fue legítima desde la óptica interna y política, pero no estuvo exenta de consecuencias diplomáticas inmediatas.
El enfriamiento con Washington fue cercano a la congelación. Para Estados Unidos la actuación fue percibida como una ruptura de confianza: la relación, hasta entonces inéditamente cercana —recordada en encuentros y coincidencias políticas entre Aznar y Bush— sufrió un retroceso severo. Zapatero estuvo vetado en la Casa Blanca hasta 2009; los encuentros con Bush quedaron reducidos a saludos breves. La diplomacia española tuvo que trabajar para recuperar lo perdido mientras la frialdad se mantenía sobre todo en lo político, no tanto en lo comercial o militar.
No obstante, la historia también muestra matices que conviene no olvidar: Zapatero mantuvo y amplió en 2005 la misión en Afganistán, en 2007 permitió una mayor presencia de inteligencia militar estadounidense en bases españolas y no impidió que vuelos de la CIA hicieran escala en España. Y, pese a los desencuentros, la distensión llegó con la Administración Obama y culminó en gestos como la cesión de la base de Rota al escudo antimisiles de la OTAN. Hoy, precisamente, dos destructores estadounidenses partieron desde Rota hacia el Mediterráneo oriental para interceptar ataques iraníes contra Israel o territorio europeo —un dato que subraya la pervivencia y utilidad estratégica de esas plataformas.
¿Qué trae de nuevo el pulso actual? El contexto cambia: no estamos ante Bush y su coalición, sino ante un Trump que actúa de forma imprevisible. Y Sánchez no es un presidente sin tensiones internas: el artículo documenta una debilidad que le empuja a exhibir rivalidad frontal con Washington, aun al margen de los principales aliados europeos. Ese aislamiento voluntario se añade a otra realidad señalada: España, bajo su liderazgo, discrepa del aumento del gasto en defensa que la Alianza reclama y ha rechazado de plano la disuasión nuclear. Esa singularidad convierte cualquier choque con EEUU en algo potencialmente más perjudicial que hace dos décadas.
La lección es clara y dura: las decisiones que nutren la imagen doméstica —las consignas que incendian plazas— pueden tener un precio en la política exterior. Zapatero lo pagó con una congelación diplomática que tardó años en mitigarse; Sánchez, en un mundo más inestable y con un socio norteamericano distinto, corre el riesgo de pagar una factura más alta que la mera frialdad protocolaria. No es cuestión de renegar de convicciones: es la llamada prudencia del Estado, la que equilibra pasión y responsabilidad, la que hoy se necesita si no queremos repetir errores en una época donde los equilibrios internacionales son más frágiles y las consecuencias, potencialmente, más graves.
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