March 29, 2020

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LOS BIGOTES DE DALÍ

 

 

Salvador Dalí i Domenech, celebrado artista catalán de Figueres, es representante eximio de la cultura española. Al morir, en 1989, ostentaba el título de nobleza Marqués de Dalí de Púbol, concedido por el Rey Juan Carlos I de España el 24 de Julio de 1982, “por sus excepcionales aportaciones a la cultura española del Siglo XX”.

Como español catalán, Salvador Dalí se paseaba por Nueva York con espardenyes y barretina, pero ondeando como su bandera de nacionalidad la de España.

 

Él despreciaba el republicanismo de Maciá y de Companys, se burlaba del comunismo de su amigo y maestro Pablo Picasso, y abrazó entusiasmado la democracia orgánica del Movimiento de Franco. Él se sentía entrañablemente catalán, pero sin llegar al catalanismo extremo, y se confesaba profundamente español, admirador de una lengua y cultura universales, considerando su arte tan español como el de Velázquez, Zurbarán, Goya o Murillo. Trabó amistad con Pablo Picasso, pero refiriéndose a él (“Picasso y yo”), decía: “Picasso es comunista; yo, tampoco”.

 

Se formó en Madrid, con estancia en la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Luis Buñuel y se apasionó con Federico García Lorca, estudiando en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

 

Su arte surrealista, de rompedor vanguardismo, no fue, desde el principio, bien visto por la crítica de Cataluña, suscitando en Barcelona viva polémica y debate sobre su método pictórico “paranoico-crítico”.

 

Los bigotes de Dalí, enhiestas filacterias simbólicas de su arte surrealista, apuntan, a derecha e izquierda, en las dos direcciones de su sentimiento patrio: la capital de España, Madrid, donde se formó y recibió los mayores honores, y la localidad de Figueres de su memoria familiar, donde se erigió el Teatro-Museo Dalí, el tercer museo más visitado en España en 2013, con donaciones hechas por el gobierno español de pinturas de Dalí, quien había hecho al Estado de España heredero universal de sus obras.

 

El desencuentro de Dalí con las autoridades de Barcelona y su clase dirigente se debió, sobre todo, a su no empatía con la oligarquía burguesa promotora de un nacionalismo radical, que había sido superado al principio del franquismo, pero que fue retomado por la familia Pujol y otras empresas bancarias, que junto a intelectuales advenedizos, fundaron el partido político Convergencia Democrática de Cataluña y Banca Catalana, instrumentos con los que, prevaliéndose del poder autonómico concedido por la Constitución de 1979 (Carta apoyada mayoritariamente por la sociedad civil de Cataluña), promovió privilegios de castas caciquiles, políticas, académicas, insti-tucionales de tendencia catalanista, formándose una burguesía sumisa al poder, dominante sobre una mayoría silenciosa alejada de la política partidista.

 

La exposición que en 1980 celebró en Madrid la Generalitat, con el título “Cent anys de cultura catalana”, por decisión del comité de expertos a las órdenes de Jordi Pujol, decidió no incluir ninguna obra de Dalí, pintor universal, en venganza por su apoyo al franquismo, exclusión que desagradó profundamente al genio de Cadaqués. La Consejería de Cultura de Cataluña le castigaba, además, por su rechazo del nacionalismo separatista. Al genio polifacético, nunca se le dedicó calle alguna en Barcelona.

 

Josep Plá, otro ampurdanés, incómodo para Cataluña, autor de “Obres de Museu”, con ilustraciones de Dalí, declaraba las razones de la desafección: “Usted, señor Dalí, no ha sido nunca atacado en este país por razones pictóricas-pese a ser tan desconocido. Ha sido atacado por razones políticas grotescas”. Esas eran también las razones que llevaban al menosprecio en Cataluña de otros grandes intelectuales catalanes de la época, de talante abierto y progresista, que publicaban su pensamiento en un idioma más universal como es el español. Tales, entre otros: Eugenio D’Ors, Ignacio Agustí, Josep Plá, Juan Tusquets, Guillermo Díaz Plaja, Joan Estelrich, José María Gironella, Lluís Santamarina, Gaziel… .

 

Dalí, que siempre se sintió muy catalán, pero sobre todo español, en sus últimos días antes de morir demandaba la música del himno nacional de España. Y sus últimas palabras fueron: “¡Viva el Rey, Viva España, Visca Catalunya!”. En su testamento quedó testificado, según el notario: “Instituye heredero universal y libre de todos sus bienes, derechos y creaciones artísticas al Estado Español, con el fervoroso encargo de conservar, divulgar y proteger sus obras de arte”.

 

Él estuvo en la órbita del ex­-Presidente Tarradellas, al que ayudó en el exilio, que siempre entendió que Cataluña y España no son patrias incompatibles, y que Cataluña ha de ser más grande dentro de una España más europea y universal.

 

Pero el republicanismo de Tarradellas, reconciliador y amoroso de una Cataluña española, resultó frustrado con la llegada de una izquierda atroz y nostálgica, representada hoy por líderes colmados de gestos rufianes, acompañados de una cuadrilla antisistema de rupturistas y ácratas de la Cup, que, en inteligencia con la administración rapaz y fraudulenta del pujolismo, buscan la derrota económica de Cataluña y su separación de Europa, yéndose al trastero de la secesión nacional- catalanista.

 

A los bigotes de Dalí, engomados con el alegre y excéntrico método “paranoico-crítico”, hoy se le enfrenta la pelambre de paranoia acrítica de Puigdemon y su triste comparsa cascabelera (Mas, Homs, Junqueras, Tardá, Rovira, Rufián, Ana Gabriel, David Fernán-dez…), que, al borde del abismo, chillan delirantes: “O referéndum, o referéndum”. Amenaza muy alejada de la palabra serena e inteligente de Tarradellas: “Si no hay unidad en España, si no hay unidad en Cataluña, en el País Vasco, en todo el país, no nos salvamos… y yo no soy federalista porque el federalismo en España sería un error”.

Y Dalí, que oyó al Presidente Republicano de Cataluña, y que no era comunista, ni republicano, ni secesionista, hizo grande y universal su arte por confesarse español: “Picasso es español; yo también”.

 

 

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