March 29, 2020

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LA FEMINIZACIÓN DE LA PALABRA EN LA POLÍTICA

 

 

 

 

 

Violentar las palabras para facilitar la igualdad social en la política, usando la promiscuidad de géneros invasivamente, se ha convertido en estrategia electoralista por parte de Podemos

Lo hemos visto en la “pose” de los dirigentes de este partido populista, todos machos, bajo el letrero “NOSOTRAS”, señalando, contradic-toriamente, la hegemonía de las féminas. Esto se podría calificar de “violencia de género”, cuando no de “bajada de pantalones”.

 

Dicen buscar una “democracia paritaria” en un marco de “igualdad de géneros” en el ámbito de la representatividad política, pero lo hacen violentando la gramática con deshonestidad lingüística. No se puede confundir el género gramatical con el género sexual como estrategia de reivindicación de la igualdad política, lo que justifica Irene Montero: “A veces -dice- desdoblando el lenguaje, aunque no suene muy correcto, se puede avanzar en la igualdad”.

 

Cuando esta actitud de defensa del feminismo político se aborda desde el pensamiento ético, pero con interés activista, como lo hace la filósofa Amelia Valcárcel, se concluye en la necesidad del apoderamiento de la

“cosa pública” por la mujer, ya que ésta adquiere empoderamiento en virtud de su “derecho al mal”, que está ínsito en el género femenino. Pensamiento estrambótico que aplauden los “bobos machos”, no porque nieguen el machismo político sino porque políticamente les beneficia.

 

Nos libre Dios de mujeres malas políticas, pésimas ministras o diputadas, esclafantes de la cosa pública. Entre ellas, las que malean el lenguaje buscando beneficio partidista.

 

No consta ninguna protesta o reivindicación política, por parte masculina, por el hecho gramatical de que a todo hombre o mujer se le aplique el título ontológico y moral de “persona”, palabra no neutra sino femenina, y que afecta a ambos géneros. Sin embargo, una diputada, podemita ella, que, como muchas feministas intenta, por motivación ideológica modificar el lenguaje feminizándolo, no sólo se atreve a duplicar el género del término “portavoz”, que es gramaticalmente masculino neutral, duplicándole el género (neutro y femenino) sino que, según se confirma, pretende introducir ese cambio en el Reglamento del Congreso, que pronto se llamará “de diputadas y diputados”.

 

Por una vía ideológica se está corrigiendo la gramática, y la RAE parece facilitarlo. El subterfugio de politicastros-tras hará que haya “alférez” y “alfereza” (¡qué alferecía!); “votantes” y “votantas” (¡qué botarates!); “manifestantes” y “manifestantas” (¡cuánta memez!), “representantes” y “representantas” (¡qué impresentable!)...

 

Por lo que hace a la RAE si lo pone “fácil” y hace cesiones gramaticalmente impresentables, pronto habrá en la comunicación mediática una revolución más grave que la introducida por el feminismo ideológico.

Estén atentos los que “limpian, fijan y dan esplendor” al lenguaje, a las brusquedades etimo-féminas que puedan producirse al socaire del juego suasorio que se permite a los políticos: afectando al género de numerosas palabras, de cuyo conjunto haré una breve relación: militares y militaras, generales y generalas, ediles y edilas, cadetes y cadetas, delincuentes y delincuentas, votantes y votantas, manifestantes y manifestantas, alguaciles y alguacilas… imbéciles e imbécilas, como insulto en sede parlamentaria (imagináoslo en las bancadas del Congreso: …”¡y tú imbecila!”).

 

Entre los juegos que invaden la política, convertida en politiqueo Verborreico, en la búsqueda proselitista de votos, todo vale y no cabe un tonto más o “tontarria” (género común, que la RAE no incluye), y los votantes no se consiguen con idiocia, que también se dice idiotez (palabras ambas del género femenino).

La feminización del lenguaje político, que tiene por objetivo, sobre todo, atraer a las féminas, no ya apelando a derechos de igualdad, de oportunidades o de paridad en el reparto de funciones, sino mediante palabrería degenerada, se ha convertido en una moda o estilo populista de repaño, que no engaña.

 

Yo creo en la igualdad del género humano; y creo, con firmeza, que la mujer puede (moral, social y laboralmente) tanto como el varón, estando convencido de la grandeza y valía de su competencia profesional, de sus dotes y sus dones singulares. Frente a los “Don Juan”, defiendo a las mujeres honestas, laboriosas, de las que muchas son buenas gestoras, directoras, científicas, profesoras, y muchas de ellas son ministras que ejercen sus cargos con dignidad y eficacia.

Pero considero inadmisible el uso de la mujer aupada por los partidos, muchas veces sin otro bagaje que la meritocracia feminista, que invade ámbitos de la cosa pública, apoyada en derechos de artificio populista, y que actúa y sobreactúa sin la debida excelencia. A unas y a otras se las conoce: las que valen, son modestas, oportunas, profesionales, interactivas, arregladoras…; las que vienen al socaire de la “voz fémina” con el amparo de la demagogia populista, chillan mucho, hacen ruido, son agresivas y arreglan poco. Conocemos muchos ejemplos.

 

La farándula feminista en la vida pública es una moda que malea y desprestigia “la cosa” y la convierte en arriesgado “coso”.

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*José Luis Suárez Rodríguez es Analista Político. Asesor. Director de www.masespaña.es

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